Me encanta vivir en los suburbios, pero siempre hemos sido solo mi hijastro y yo, así que a veces se vuelve demasiado... aburrido. O al menos así era hasta que se mudaron nuestros vecinos. Sabía que había algo especial en ellos desde que los vi. Ella estaba buenísima, era voluptuosa y muy segura de sí misma, y su hijastro me recordaba al mío. La única diferencia es que ellos parecían mucho más unidos que nosotros. Cuando los invité a venir, su hijastro no apartaba la cara de las tetas de ella. No dejaba de lamerlas, chuparlas y frotarlas mientras hablábamos, y nada distraía su boca de los pezones de su madrastra. Cuando le pregunté al respecto, ella me sugirió que lo intentara, así que su hijastro se lanzó a mis pechos, pero lo decepcioné porque dudé. El pobre chico estaba traumatizado y, según su madrastra, la única forma de calmarlo era que los tres nos diéramos una ducha caliente juntos. Mi hijastro nos pilló justo cuando nos estábamos desnudando, pero lo invitaron a unirse a nosotros. Al principio, intenté con todas mis fuerzas no tocarlo, concentrando toda mi atención en nuestra nueva vecina, pero luego, me puse tan cachonda que ya no me importó. Llevamos las cosas a mi habitación, y lo único que quería era follarme a los tres. Una 69 era el tipo de picante que le faltaba a nuestro vecindario. Además, nada une más a las familias que el sexo.